Para tener parte plena del Señor hay que poner en el centro de nuestra vida a Dios con todas nuestras seguridades. Hacerlo no tiene nada que ver con las interpretaciones que ahora están en boga, de no tener aspiraciones, como si estuviera peleada con tener un mejor nivel de vida, con un mayor crecimiento económico, educativo, de salud, no; no estamos condenados a la pobreza.
Monseñor Eduardo Cervantes Merino en su homilía, durante la Eucaristía que celebró en la iglesia madre, recordó que estamos llamados a una vida digna, a crecer y desarrollar nuestras capacidades; “son válidas todas las aspiraciones para crecer y estar mejor preparados, para que tengamos un mejor lugar para vivir, de que haya más opciones de un trabajo justamente remunerado, pero también de que el que invierte gane lo justo y la comunidad se desarrolle”, dice.
Señala que cuando ponemos en el centro de nuestra vida a Dios, todo lo que se vive, interpreta y asume se hace desde una perspectiva diferente, pues Él da sentido y seguridad a nuestra vida.
“A la luz del Evangelio no es la cantidad, no es si eres pobre o rico; lo que toca es poner en el centro de la vida a Dios y el modo de comportarse en esas situaciones; caminar con sentido y alegría en la vida es tener como referencia principal al Señor, que nos quiere y cuida”, concluye.