Hna. Carmen Betanzos Yáñez, svcfe

23 de Noviembre de 2020

    En nuestro querido México los juegos de azar son muy populares, semana tras semana un gran número de personas buscan pegarle al “gordo”. Además, el término en sí mismo lo usamos con frecuencia, decimos por ejemplo: “En este trabajo me saqué la lotería”, “Mi novio es tan bueno y atento que con él, me saqué la lotería”, etc. 

    Sacarse la lotería, es entonces, sinónimo de buena suerte no sólo en la cuestión económica; lo podríamos interpretar como tener una buena vida. Tal vez te estés preguntando… ¿Y eso qué? Te respondo, tenemos un paisano que en verdad se sacó la lotería; sí, Miguel Agustín Pro Sacerdote Jesuita, nacido el 13 de enero de 1891 en una población minera de Guadalupe, Zacatecas, tercero de once hermanos e hijo de Miguel Pro y Josefa Juárez. Mártir beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1988.

En 1925, Miguel Agustín, llega a nuestro país procedente de Europa  (a donde fue enviado para concluir sus estudios por sus superiores Jesuitas), ya siendo Sacerdote, pedía oraciones por él y de manera especial decía: “Dígale a Dios que me saque la lotería”. Sacarse la lotería para él era ser mártir; en realidad lo que decía era: “Dígale a Dios que sea mártir”. 

    ¿Y qué es el martirio? el catecismo de la Iglesia Católica dice: “El Martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la Caridad”; en otras palabras, es dar la vida por la fe en Jesús. Y sí, el Señor le concedió al Padre Pro, la gracia del martirio. 

A continuación, te voy a platicar algunos aspectos de su vida. Después de unos ejercicios espirituales, Miguel Agustín, decidió ser sacerdote jesuita; el 11 de agosto de 1911 entró al seminario de El Llano, Michoacán, tenía entonces veinte años.

Dado el riesgo en el que vivían los sacerdotes y religiosos en México (Te recuerdo que estamos en la época de la persecución religiosa y en los inicios de guerra cristera) Miguel y sus compañeros seminaristas deben salir del país  y continuar sus estudios en California.  Estudia después retórica y filosofía en España, desempeña el oficio de profesor en el colegio de la Compañía en Granada, Nicaragua y hace la teología en Enghien, Bélgica, donde recibe la ordenación sacerdotal el  31 de agosto de 1925.

Una vez ordenado Sacerdote, se recrudece su mala salud, estando aún fuera del país tiene úlcera estomacal, padeciendo de dolores fortísimos en el estómago,  esto hizo prever un desenlace rápido. “Los dolores no cesan (escribe en una carta íntima) disminuyo de peso, 200 a 400 gramos cada semana, a fuerza de zamparme porquerías de botica, tengo descarriado el estómago… Las dos operaciones últimas estuvieron mal hechas y otro médico ve probable la cuarta”. Su organismo se reduce a tal extremo que sus superiores en Bélgica tratan de apresurar el regreso a México, para que la muerte no lo sorprenda fuera de su patria. 

En esta situación realiza su anhelo de viajar a Lourdes, donde espera una intervención de la Virgen que le devuelva las fuerzas que necesitará en México para ayudar a los católicos. De la visita a la célebre gruta, escribe: “Ha sido uno de los días más felices de mi vida… No me pregunté lo que hice o qué dije, sólo sé que estaba a los pies de mi Madre y que yo sentí muy dentro de mí su presencia bendita y su acción”. Es así como sabemos que la Virgen le prometió salud para trabajar en México. El arduo trabajo que tuvo los meses que vivió en la capital, desde su llegada en julio de 1926, no hubiera podido ser ejercido por un individuo de mediana salud y menos por uno tan maltratado como Miguel Agustín, de no haber sido por la intervención de la Santísima Virgen.

Una vez instalado en la Ciudad de México, implementó mil trucos y disfraces para poder llevar a Cristo a las almas en medio de la severa persecución que vivían los católicos en el país. Organizó estaciones de comunión a lo largo de toda la ciudad; éstas eran casas donde los fieles venían a recibir la Eucaristía el número de comuniones cada viernes primero de mes sobrepasaba las 1,200; peligrosa labor llena de fe, teniendo en cuenta que si eran sorprendidos por el ejercito, eran asesinados en el lugar.

Hace un tiempo en una visita al D.F, tuve la dicha de ver, en la Parroquia de la Sagrada Familia (muy cerca de la estación del metro insurgentes) la urna con sus restos, el altar portátil que usaba para sus celebraciones clandestinas, así como el catre donde dormía, parece una camilla más que otra cosa, nada cómodo por cierto; también vi el chaleco que llevaba puesto el día que le dieron muerte. Pude ahí constatar, la vida de un hombre alegre, apasionado por Jesús y santo.

El Padre Pro fue acusado de perpetrar un atentado dinamitero en el Bosque de Chapultepec en contra de Álvaro Obregón; por este acontecimiento, lo encarcelaron y le dieron sentencia de muerte por órdenes del entonces presidente Plutarco Elías Calles.

Lo fusilaron el 23 de noviembre de 1927 (tenía tan solo 36 años de edad), el patio de la comandancia de policía estaba lleno de invitados y había como seis fotógrafos (por los cuales tenemos las fotos de la ejecución). Camino al lugar de fusilamiento uno de los agentes le preguntó si le perdonaba. El Padre le respondió: “No solo te perdono, sino que te estoy sumamente agradecido”. Le dijeron que expusiera su último deseo. El Padre Pro dijo: “Yo soy absolutamente ajeno a este asunto… Niego terminantemente haber tenido alguna participación en el complot”. “Quiero que me dejen unos momentos para rezar y encomendarme al Señor”. Se arrodilló y dijo, entre otras cosas: “Señor, Tú sabes que soy inocente. Perdono de corazón a mis enemigos”. 

Antes de ser fusilado, el P. Pro oró por sus verdugos: “Dios tenga compasión de ustedes”; también los bendijo. Extendió los brazos en cruz. Tenía el Rosario en una mano y el Crucifijo en la otra. Exclamó: “¡Viva Cristo Rey!”. Esas fueron sus últimas palabras. 

Murió, sin juicio alguno, ni desahogo de pruebas, junto con su hermano Humberto Pro Juárez, fusilado por un pelotón en la comandancia de la policía de la ciudad de México, ubicada entonces en lo que es ahora el Edificio El Moro de la Lotería Nacional… como preludio a sus propias palabras. Él sí que se sacó la lotería. ¿Para ti y para mí, que implica hoy, sacarnos la lotería?