Orizaba.- La Palabra de Dios este domingo nos recuerda la radicalidad de la vida cristiana, “algunos dicen que Dios pide mucho y nosotros debemos de decirlo: Dios no pide mucho, pide todo”.

Lo anterior lo explica el Vocero Diocesano, Helkyn Enríquez Báez, respecto a lo que implica el señorío de Jesús, que no es más que se haga Señor no solamente en un aspecto de la vida o de la dimensión espiritual, sino de la vida humana, la vida profesional y de la vida familiar.

Por eso, el Evangelio de este domingo “nos recuerda esa radicalidad que quien no ama al Señor más que a su esposa, hijos, padre o madre, no es digno del Reino de los Cielos y esta radicalidad implica un orden en nuestros afectos”.

Recordando que lo anterior no quiere decir que se deben separar las responsabilidades de los hijos respecto a los padres, de hecho es un mandamiento de la Ley de Dios; no quiere decir que de modo irresponsable, como algunos lo hacen, abandonen a los hijos, sino que el amor de Dios debe estar en todos los amores, y eso hace que se ordene los afectos, indicó el sacerdote.

“Si nosotros amamos a Dios porque Él nos ama, entonces nunca experimentaremos sentirnos defraudados como a veces en el aspecto humano sí se experimenta, si nosotros amamos a Jesús, incluso que algunos nos traicionen, nos fallen de los que aquí en la tierra llegamos a amar, al final los dolores que más se sienten son los de que en un momento amamos y nos fallan”.

De lo anterior, el Señor pide ordenar estos afectos para que se le dé prioridad a las cuestiones importantes de la vida cristiana, puesto que hoy hay un desorden en la vida cristiana también: “algunos prefieren tener, otros el placer y nosotros debemos de decir que por esta razón el mundo está desordenado”.

La Palabra de Dios nos recuerda que si amamos a Dios todo se va a ordenar en este mundo, cuando no tenemos un afecto al tener, al poder o al placer, sino a Dios, entonces Él va haciendo que el tener, el poder e incluso los placeres ilícitos tengan un sentido diferente y nos den la verdadera felicidad, iniciando con la que Él nos otorga.